¿A DÓNDE VAN LAS OBRAS CUANDO SE VAN?

Las artes escénicas, quizás sean un pequeño ensayo sobre la muerte. Y para quienes las ejercemos sin parar, quizás sea un constante ensayo sobre la muerte. Es cierto, también celebramos las creaciones y hacemos rituales de estreno, ensayos sobre la vida. Pero hoy voy a detenerme en el duelo ante la definitiva ausencia material de una obra.

Ya no sé qué estoy diciendo, quiero hablar sobre el valor simbólico, poético y sobre todo experiencial de la materialidad de una obra escénica, pero empiezo hablado de duelos. No sé bien qué tipeo esta mañana, en la que comienzo a duelar “De los héroes que no aterrizan en las islas de los cuentos”. Un duelo sin llanto, con gratitud. Un duelo a palabras a chorros, un charco de palabras para intentar responder a dónde van las obras cuando se van.

Primero necesito aclarar que la obra, para mí, es eso que acontece en cada función. La obra no es el texto, no es les intérpretes, no es la puesta ni diseño espacial. La obra es ese campo de afectaciones, qué sólo se da en la co-presencia, entre les espectadores y el dispositivo escénico que incluye el espacio, los objetos, les intérpretes, las texturas, los colores, los sonidos, el ritmo, el texto, las palabras y hasta los silencios.

Me pregunto, otra vez: cuando un grupo no puede seguir guardando la materialidad que arma ese dispositivo escénico que permite alojar a les espectadores, ¿a dónde van las obras cuando se van? La respuesta más concreta es: al conteiner. Sí, al conteiner irá la materialidad de nuestra querida “De los héroes que no aterrizan en las islas de los cuentos”, a partir de esta tarde. No en su totalidad, porque una obra también tiene mucho de lo intangible, pero casi en su totalidad…

Ya me abataté de palabras y emociones.

Decía, que la respuesta más fría y concreta es, al conteiner. Se me ocurre otra que viene del campo semiótico, pero prefiero dejar ese análisis a quienes hacen crítica de arte. En esta despedida voy a viajar a la práctica. Intentaré y si es necesario fracasaré, en nombrar por qué la materialidad de la obra importa en y, por, sobre todo, la propia experiencia escénica que es capaz de generar.

Me acuerdo que durante muchos meses ensayamos con una caja muy grande y piedritas, dos elementos que inauguraron los ensayos para despertar el juego y ahí se quedaron. Pero también me acuerdo todo lo que transformó la llegada de los nueve paneles, blancos e inmensos llenos de objetos. ¡Acumulación de objetos por doquier! Transformadora también fue la llegada de esa pollera con varios colores y esa calza haciendo juego con ese chalequito bordo por encima de esa chomba. Y recuerdo los ensayos en los que descubrimos, junto a actor y actriz, lo que nos pasaba cuando activábamos algunos “truquitos” sonoros y lumínicos. ¡Oh! No puedo olvidar aquel ensayo en el que sólo con trazar ciertas direcciones espaciales, entramos sin darnos cuenta en una zona de oscuridad que la obra nos pedía. Acá estoy ahora, en este torbellino de sensaciones y pensamiento sobre la práxis, recordando cada secreto de nuestro dispositivo escénico. Y entonces, acá estoy defendiendo cómo el espacio, el color, el tamaño de las cosas, las texturas, las luces y sombras, los sonidos, los silencios, la fiscalidad de ese actor, esa actriz y hasta el tono vocal de sus voces… todo eso en juego nos fue develando la obra ensayo tras ensayo. 

 

En este arrojo de duelo reflexivo, digo que sin esa materialidad toda, la obra es otra. Ni mejor, no peor. Ya hemos abandonado, con los feminismos, el pensamiento binario o al menos lo estamos intentando. Decía que OTRA. Ni mejor, ni peor. Otra, diferente. Es la materialidad la que genera un circuito de afectaciones desde que comienza la obra hasta que termina. Hay una fricción, un coqueteo, un campo de tensiones constante entre todo lo que allí hay. Y si algo cambia en ese campo, si hay otro objeto, otras texturas, otra luz, otros colores, otros sonidos y hasta otra temperatura, la obra es otra. Y a la vez, la obra siempre es la misma y siempre es otra, ante la co-presencia de les espectadores. En este doble lugar de indefinición nuestro arte, siempre.

Siguiendo con los dobles lugares, pienso en les intérpretes. Por un lado, son quienes activan ese campo vibrátil y a la vez, son quienes más lo necesitan como dispositivo de percepción para poder actuar -entendiendo la percepción del afuera como condición esencial para generar actuación-. Entonces, me arriesgo a decir que todo lo que ahí circula tiene una relación de inter-dependencia entre sí, pero a la vez tiene que permitirse estar abierto y permeable al acontecimiento, a aquello único e irrepetible de ese presente. Arte fronterizo las artes escénicas, eso pienso que son. Se nos escapan de un lado a otra cada vez que queremos colocarlas en un lugar, definirlas, nombrarlas sólo de una forma.

Vuelvo a recordar que estoy en pleno duelo, porque a partir de esta tarde, nunca más vamos a recuperar la materialidad más concreta y estructurante de la obra. Nunca más, la posibilidad de activar ese dispositivo escénico, en el que el actor y la actriz eran devorades por esa caja inmensa y blanca que se les venía encima cada función. Esa caja les devoraba mientras corrían en círculos y escupían palabras, después oscuridad y un silencio tajado por un tocadiscos que giraba en falso sin parar. La caja, la corrida juntes, la escupida de palabras, la oscuridad, ese tocadiscos y el tiempo dentro de esa caja son condicionantes de actuación, elementos generadores de más actuación y a la vez consecuencias de esa actuación. Así, un circuito sin fin, cuerpos vibrando, contagiando y provocando acciones, sensaciones y emociones. Generando experiencia. ¡Cómo nos va a dar lo mismo una experiencia u otra! ¡Cómo no vamos a abrazar y defender las condiciones necesarias para que esa obra, la nuestra, acontezca en cada encuentro con les espectadores!

 

Espero no olvidar que aquellas piedras en escena eran las que nosotres juntamos, esas y no otras. Espero no borrar el sonido de llaves, que colocamos estratégicamente en un lugar y no otro. Espero no olvidar la sensación que me generaba esa mano del actor saliendo detrás de ese conjunto de telas blancas o el equilibro que hacía al subir de un salto a ese cubo. Espero no olvidar al teclado saliendo de la pared y siempre al filo, al riesgo de que la conexión no funcionara. Las obras son, también, ese vértigo. Espero no olvidar que las cajas guardaban secretos en función de lo que los cuerpos necesitaban. Espero no olvidar que para que el espacio deviniera campo de batalla necesitábamos colocar trozos de papeles de determinada manera. Espero no olvidar los ojos inyectados del actor mientras tiraba el chaleco al borde del desmayo. Y las latas, ¡qué hermosa era esa escena del teléfono con las latas! El sonido de las latas en el tempo justo y ¡pum pum pum!, los golpes a la puerta y la actriz corriendo en el lugar con esa luz recortando el espacio. Espero no olvidar cómo una actriz necesitó prender y apagar el tocadiscos mil veces para decir uno de los textos más complejos de la obra, mientras la otra actriz necesitó tirar todo lo que a su alrededor encontraba. Y espero no olvidar esa imagen del actor acurrucado al fondo y luego trazando diagonal hacia la puerta y saliendo. Ahora recuerdo ese tiempo eterno, el actor no volvía y la obra nos comía. Así una y otra cosa. Todo en su singularidad, en su detalle, en su particularidad. En relación a otro cuerpo-objeto. La obra deviniendo-con nosotres, nosotres deviniendo-con la obra.

Ya casi no puedo escribir y todavía no respondí a dónde van las obras cuando se van. Sólo sé que hoy se va definitivamente esta obra. Ésta, tal cual la conocimos. Así, sin más, en plena pandemia, sin tener lugar donde seguir guardando su materialidad más concreta. Sin políticas publicas que acompañen su supervivencia, un posible reestreno, una posible despedida con público.

Quizás, al menos su texto, encuentra otras tierras, otros cuerpos, otras materialidades y eso seguramente sea un gran mimo.

Sólo me queda agradecer. Gracias a quienes fuimos esta obra: Juan Tupac Soler, Verónica Cognioul Hanicq, Camila Comas, Sharon Luscher, Bruno Quiroz, Lucía Feijoó, Eliana Itovich, Santiago Rey, Francisco Castro Pizzo, Ignacio Codino, Marisol Cambre y Juan Pablo Rodriguez.

Gracias a cada espacio que nos recibió: Festival Novísima Dramaturgia, Sala Beckett, Espacio Callejón, Centro Cultural Haroldo Conti, Congreso de la Nación.

Gracias a los espacios de ensayo LugarOtro y La Peatonal.

Y gracias al gran espacio de guardado La Cautiva, la verdulería de mi papá y mis tíos. Eternamente agradecida por este gesto de amor.

Gracias a quienes se acercaron y fueron parte de esta experiencia escénica.